06 noviembre 2012

La enseñanza del latín vivo


En el último capítulo (Loquamur Latine!) de su magnífico libro El latín ha muerto, ¡viva el latín!, el profesor Wilfried STROH termina haciendo las siguientes reflexiones:

LA ENSEÑANZA DEL LATÍN VIVO
(...)
Es evidente que pocas personas querrán aprender latín según el método habitual de muchas instituciones, que lo convierte en una especie de álgebra superior o tal vez de química. Se busca el núcleo del predicado  -osculatur (él besa)- y se pregunta entonces por la totalidad de la frase a través de los complementos necesarios (¿Quién besa? Catullus ¿A quién besa? Lesbiam) y de otros detalles (¿Dónde besa? ¿Por qué besa? ¿Con qué frecuencia besa?). De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, se va montando una frase hasta que finalmente tiene sentido. Nunca habría logrado Catulo besar a Lesbia o leerle sus poemas si ella hubiese tenido que esforzarse tanto para entenderlo. ¿No deberíamos, por lo tanto, intentar que el latín se aprenda por el camino natural de la escucha, la comprensión y el habla?

Quien reclama hoy en día una enseñanza viva del latín no está pidiendo, por suerte, nada nuevo. Durante las últimas décadas se ha hecho mucho por este objetivo: editar libros de texto más amenos y vivos, aplicar a la enseñanza los conocimientos adquiridos por la psicología, incluir música y teatro en clase y, sobre todo, hablar latín con entusiasmo. Estoy convencido de que, algún día, el latín dejará de considerarse una lengua "muerta" y volverá a impartirse como la reina de las lenguas extranjeras. 
Para los humanistas del Renacimiento era evidente que el latín se aprendía hablando, ya que era el idioma general de la enseñanza. También en épocas posteriores fue opinión compartida entre los mejores pedagogos, empezando por el gran Comenio, que la práctica de la conversación debía ser simultánea o incluso previa a la enseñanza de la gramática latina. En el siglo XVIII, pedagogos tan radicalmente diferentes como el neohumanista Gesner y el realista Basedow coincidían en este punto.

Aún a día de hoy existen muchos maestros de todo el mundo que, a pesar de las restricciones de los planes de estudio y de los libros de texto, practican este "método directo", aplicado ya a todas las lenguas modernas. Por suerte contamos con un manual de latín, muy agradable para los niños, preparado en formato monolingüe por un profesor danés (1). Gracias a un pedagogo bávaro, disponemos incluso de un largometraje en latín para el aprendizaje de la gramática.

A este planteamiento se objetará, en primer lugar, que "el latín es una lengua muerta". Quien haya leído este libro, siquiera en parte, sabrá que esta objeción no es correcta: el latín lleva dos mil años "muerto" y, sin embargo, se ha usado en cada época como si fuera una lengua viva. Vivo o muerto, el latín sigue siendo un idioma, no una disciplina matemática.

La segunda objeción que suele hacerse está, me parece, fuera de lugar: "No tenemos tiempo para hablar en latín". Naturalmente las clases de latín en los institutos actuales no son tan frecuentes como en la época de Melanchthon o de Humboldt. Pero quien quiera hablar en latín con sus alumnos no pierde el tiempo, sino que lo gana. Tardo lo mismo en decir "no hables con tu compañero" que noli garrire cum vicino, pero, en el segundo caso, mi alumno retiene el término garrire y recuerda que las prohibiciones no se construyen con el imperativo, sino con la perífrasis noli. Y además ha percibido, de forma inconsciente, que la primera i de vicinus es corta y la segunda es larga. Longum iter est per praecepta, breve et efficax per exempla (Largo es el camino a través de las reglas, corto y eficaz por los ejemplos) [Séneca: Epistulae, 6,5].

Cuando tenía veinte años, hice prácticas en un instituto de la ciudad industrial suaba de Göppingen y tuve que dar clase de latín básico a los alumnos de séptimo curso. Vae mihi, pobre de mí. Cuando mi tutor me dejó solo para ir a tomar un café, parecieron abrirse las puertas del infierno. No sólo aumentó el nivel de ruido, sino que empezaron a volar a mi alrededor bolas de papel y trozos de tiza. ¿Cómo hacerme respetar? Tuvo que ser un dios o un genio de la latinidad quien me susurró al oído: Loquere Latine (habla en latín). Lo intenté de forma vacilante, pidiendo calma con frases sencillas; de inmediato tuve a una clase suaba en completo silencio. Todos los ojos me seguían fascinados. Al final de la clase, un chaval entusiasta, convencido de la diversidad de la lengua, me preguntó: "Señor Stroh, ¿puede usted hablar dialectos latinos?".

[(1) El autor se refiere, obviamente, a Lingua Latina per se illustrata, de Hans Orberg. Aclaro, por otro lado, que los destacados en negrita son míos.]

A los que aún no conozcan el libro, les recomiendo que lean infra el prólogo escrito por el profesor Joaquín Pascual Barea, con quien coincidimos Emilio Canales y yo en el XI Congreso de la Academia Latinitati Fovendae, celebrado en Alcañiz y Amposta en abril de 2006, y donde tuvimos el privilegio de Latine loqui con el propio Wilfried (Valahfridus) Stroh y con quien fuera su profesor en la Universidad de Heidelberg, Michael von Albrecht.

En las páginas 16-18 del prólogo, Pascual Barea afirma lo siguiente:

"Una de las conclusiones de esta historia consiste en la necesidad de enseñar el latín con la metodología propia de cualquier lengua extranjera, y no como una lengua que sólo pudiera ser traducida y estudiada como materia teórica."
(...) "Siguiendo su ejemplo, desde el mes siguiente y hasta hoy he procurado transmitir a mis alumnos de la Universidad de Cádiz la idea de que el latín es una lengua que se aprende mejor concibiéndola como tal y en la que aún es posible comunicarse, recurriendo para ello a algunos de los recursos que propone Stroh en esta obra."
(...) "Otros profesores españoles, sobre todo en la Enseñanza Secundaria, se han lanzado en estos últimos años a conversar en latín y a seguir en clase el manual  Lingua Latina per se illustrata de Hans Orberg, justamente elogiado por enseñar el latín sin recurrir a la lengua vernácula."

El latín ha muerto, ¡Viva el latín!

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